Almaraz
La Memoria Del Lobo
Por David Fernández de Castro
[‘La Memoria del Lobo’ esta tomado de las paginas 191-201 del libro Crónicas Ibéricas de David Fernández de Castro, Altaïr: Barcelona 2008, 295 paginas, ISBN 978-84-936220-1-5, € 15. TODO EL TEXTO ESTA BAJO PLENO COPYRIGHT DEL AUTOR Y DE LA EDITORIAL Y NO PUEDE SER COPIADO O REPRODUCIDO SIN PERMISO PREVIO. Agradecemos a Ediciones Altaïr el permiso de reproducir el capitulo aquí.]

David Fernández de Castro
Volví a Madrid en esa especie de alfombra voladora que es la alta velocidad del AVE y aquella misma noche me despedí de Antonio. Al día siguiente debía levantarme temprano para coger el primer autobús. Había sido agradable reencontrarle, pero tenía ganas de dejar la ciudad. Por fin me dirigía al campo, rumbo al sur: a Almaraz en busca de los lobos que acecharon a Borrow en el camino.

La salida de Madrid fue lenta, paramos en las grandes ciudades dormitorio del cinturón industrial: Alcorcón, Móstoles... La compañía de transportes nos entretenía con una película bélica norteamericana de los años cuarenta a la que nadie prestaba atención. Dejamos atrás el enorme extrarradio de Madrid, algo tan ambicioso como la gran campana rajada de Toledo; un paisaje de miles de adosados, grúas y rótulos anunciando más construcciones de casas. La carretera no era menos y sorteábamos conos y desvíos para salvar las obras de ampliación. Tenían que habilitar más carriles para engullir a los que vivirían en los nuevos adosados. Empezaba a semejarse a una megalópolis. Una vez en campo abierto apenas se veían poblaciones grandes: Madrid había ejercido de papel secante a muchos kilómetros a la redonda.
Llegamos a Talavera de la Reina, donde Borrow vivió un curioso incidente. En esa ciudad manchega conoció al longanicero Abarbenel, un rico comerciante que era un falso judío converso. De puertas para dentro él y su familia practicaban sus verdaderas creencias. Borrow se quedó sorprendido por ello, pues creía que todos habían sido expulsados y le preguntó si quedaban más en su misma situación. El judío le dijo que no sólo conocía a más como él sino que una vez un arzobispo, remordido por haber ocultado su verdadera religión, entró en su casa para confesarse a su abuelo. El protestante se quedó atónito por la afirmación y Abarbenel todavía fue más lejos. Le contó que cuatro dignatarios eclesiásticos iban a su casa en una determinada fiesta y celebraban una ceremonia judía.

El raro nombre de Abarbenel parece ser otro ejemplo más del proceso de creación literaria de Borrow. En el lote 1.485 de la subasta que realizó Sotheby’s en 1883 tras su muerte, aparece el libro “Los diálogos de Amor de Mestre Leon Abarbenel”, editado en Venecia en 1568. Borrow también citaría a este sefardí en dos más de sus libros: Los Zincali y Lavengro.

Este testimonio de Borrow sobre criptojudíos en España ha despertado mucho interés, por ejemplo lo ha estudiado Julio Caro Baroja, que citó este pasaje en su obra Los Judíos en la España Moderna y Contemporánea. Y si uno busca en internet las palabras “judío” y “Borrow”, lo primero que encontrará es la página de una organización neonazi -“Nación aria”- que menciona este episodio.

En Talavera de la Reina se sentó junto a mí un viejito. Se agarraba con fuerza al asa; su mano estaba tan curtida y renegrida por el sol que ya era cuero. Sacaba permanentemente la cabeza hacia el pasillo en dirección a la luna del parabrisas. Sus ojitos entelados pero llenos de fuerza se clavan en la carretera, parecía no fiarse. Miré por la ventana y el paisaje se había convertido en dehesa. Hacía tan sólo dos días paseaba entre bosques de robles y el cereal estaba todavía verde, y aquí, ya agostaba. Se asemejaba a la sabana africana. Como si estuviésemos en el cráter de un volcán gigante, en una gran llanura delimitada por montañas, entre las que destacaba la impresionante mole de la Sierra de Guadarrama, violácea contra un campo dorado.

Almaraz: puente
Paramos quince minutos en Navalmoral de la Mata y al volver el conductor olvidó poner nuevamente la película. Nadie se quejó. Por fin llegamos a mi destino. Almaraz está situado en un inmenso llano próximo al Tajo, por lo que en invierno es frecuente que se forme niebla. Antes de bajar le pregunté al conductor a qué hora pasaba mañana algún autobús con dirección a Badajoz. El sorprendido chofer, con cara de cervatillo deslumbrado por unos faros en la noche, me dijo que no había autobús directo a Badajoz. Estábamos en la carretera de Cáceres, así que si cogía mañana el de las doce y veinte podía bajar en Trujillo y ver qué autobuses salían para Badajoz. Arrancó, y entonces, pude ver la que sería mi casa por esa noche, un motel de carretera prefabricado y pintado de color crema. Al entrar solté un sonoro “buenos días”. Quería hacerme notar por si más tarde necesitaba que me diesen la información sobre lobos que había ido a buscar. La poca gente que había en el interior no me hizo el menor caso, ni mirarme siquiera. Todos observaban con atención al televisor. La noticia era: “Rocío Jurado ha muerto”. En aquel momento comprendí que no iba a serme fácil hablar de frivolidades.

La sala era espaciosa, un restaurante bar de carretera: jamones colgando, tapas en la barra, baldosas marrones con motivos florales, carpintería de aluminio y mobiliario caro pero feo. Una puerta daba a una escalera que conducía hasta las habitaciones. Subí por ella con la maleta y en el pasillo la foto enmarcada de una venus de camionero me recordó que estaba en un lugar de paso, frecuentado en su mayoría por hombres solos. La silueta voluptuosa de la chica aparecía perfectamente marcada. Su ropa breve y vaporosa se había mojado y pegado al cuerpo por una súbita tormenta de verano. La chica, previsora ella, había tenido la precaución de llevar las sandalias en la mano para que no se le mojaran, y por el dintel de la puerta sacaba la otra mano para ver si ya había escampado. Dejé mis bártulos y me dirigí al centro del pueblo a charlar con la gente.

Borrow no especificó exactamente dónde durmió tras bajar del próximo puerto de Miravete, pero sí dijo que hubo de cruzar el Tajo en un barca -el puente estaba en ruinas- y que pernoctó a unas dos leguas de él, lo que hacía a Almaraz mi candidata (*otros borrovianos opinan que fue Navalmoral, como Peter que lo ha estudiado con detenimiento. Si damos por buena la distancia de Borrow, Peter estará en lo cierto. Mi elección es puramente intuitiva pues se trata del primer pueblo en que podría refugiarse y quizá la distancia la dio a ojo). Cuando pasó por aquí, la zona estaba infestada de lobos y tuvo que hacer noche para guarecerse de ellos. Cuando me documenté para el viaje leí que en Extremadura se habían extinguido hacía tiempo y que tan sólo quedaba una pequeña comunidad aislada más al Este, en la sierra de San Pedro. En España sólo en Galicia y Zamora habían logrado sobrevivir poblaciones significativas.

No encontraría lobos en Almaraz, pero quería comprobar qué quedaba de ellos en la memoria colectiva de la gente.

Almaraz: noticia a la puente
Cuando Borrow se instaló en la venta, junto a una gran fogata en la que ardía un tronco entero de olivo, se incorporó a la conversación en marcha entre los presentes: un cazador, un par de pastores “con enormes perros, de los famosos de Extremadura” (probablemente mastines), un soldado recién licenciado y un mendigo que acababa de pedirle limosna “por las siete llagas de María Santa”. La conversación giraba en torno a los lobos en la región. Uno de los pastores se quejaba de lo duro que era trabajar todo el día al aire libre, bajo las inclemencias del mal tiempo, por tan sólo un jornal de una peseta diaria (el salario medio de la época estaba entre los 4 y 6 reales). En cambio –decía- los lobos se daban mejor vida que él y era muy difícil darles caza porque eran muy astutos y rara vez se metían “en un mal paso”. Explicaba cómo habían desarrollado técnicas especializadas de ataque, porque conocían los puntos vulnerables de cada animal. A los terneros les saltaban al cuello, pero a los caballos “se les subían de un brinco a las ancas”.

El soldado también había sufrido un encuentro con lobos y todos los presentes convinieron en que “todas las hembras (como género) eran muy astutas y maliciosas”, y las lobas no lo eran menos. Una vez el soldado viajaba con un amigo y se toparon de frente con una manada de lobos que iban directos hacia ellos. Al cruzarse, una loba “deshonesta, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de demonios” le pasó rozando. Cuando ya creían que el peligro había pasado, ésta se abalanzó sobre su compañero, y a una señal, lo hizo el resto de la manada. “En un santiamén le devoraron y sólo quedó de él la calavera y los huesos”, les contó.

La noticia de que el país estaba infestado de lobos no debió de coger por sorpresa a Borrow. Antes de entrar en España por Extremadura ya tuvo confirmación de ello en Portugal. Llegando a Evora, en Monte Almo, se topó con un cabrero que llevaba junto a su rebaño a un lobezno que había domesticado él mismo. Y justo antes de salir de Evora comentó en una carta que tendría que cruzar la Serra Dorso que estaba llena de lobos.

Almaraz es un pueblo pequeño. Apenas ha crecido en los últimos veinte años. Instintivamente me dirigí hacia el campanario de la iglesia, que sobresalía entre los tejados, donde suponía debía estar el centro del núcleo urbano. Al llegar a la Plaza de España le pregunté a una mujer mayor. Iba completamente vestida de negro y un pesado medallón de oro colgaba de su cuello de tortuga. Estaba a la puerta de su casa leyendo la prensa del corazón, cómo no, una edición especial por la muerte de la Jurado.

“Buenos días. ¿Conoce algún pastor de por aquí que pueda hablarme de los lobos?”, le dije.
“¿Lobos?”, dudó como pensando si había entendido bien la cuestión. “Pregunte en el bar de enfrente. Ellos fueron pastores y seguro que le dirán algo”.

Tras darle las gracias me dirigí al bar Talavan. Entré y ahora sí, mi enérgico buenos días fue contestado. No había televisor, así que no tenía que competir con la muerte de la tonadillera. Me senté en la barra, junto a tres personas mayores que andarían en la setentena, y me dirigí al camarero:

“Me han dicho que ustedes fueron pastores y he venido desde Barcelona para saber sobre los lobos en la región”.
“¿Lobos?”, me respondió sorprendido. “Aquí no hay lobos”.
“Aquí se acabaron hace muchos años”, se sumaron al unísono los tres hombres que estaban junto a mí.
“Sí, ya sé que se extinguieron hace tiempo, pero quizá recuerden algo”, y les conté mi habitual historia de la ruta del viajero inglés del siglo XIX.

Aclarado mi interés por historias de lobos, poco a poco fue brotando la memoria colectiva. El más mayor de los tres me situó:

“Tengo setenta y cinco años y aquí desaparecieron hace cincuenta”.
“A mi primo, que vive a 60 kilómetros, un lobo le mató veinte ovejas el año pasado”, intervino el camarero, que era mucho más joven que el resto.
“Yo recuerdo que de pequeño los arrieros llegaron varias veces al pueblo con lobeznos que habían encontrado en el camino”, dijo otro.
“Hace veinticinco años”, intervino el tercero, “el veterinario del pueblo estaba colocando un reclamo para las perdices y de repente un lobo se le puso en medio y el hombre lo mató”.

Les comenté que se me hacía extraño que hubiese habido tantos lobos en una zona llana, despejada y llena de cultivos, por lo que no parecía especialmente propicia para su hábitat.

“No se crea, aquí mire hacia donde mire estamos rodeados de montañas”, dijo uno de ellos. “Y los lobos recorrían muchos kilómetros para bajar a buscar nuestro ganado”, volvió a hablar uno de los hombres mayores.
“Además, cada vez que se moría algún animal, se tiraba en un pudridero a las afueras del pueblo y no veas cómo quedaba a la mañana siguiente”, afirmó otro de los ancianos y explicó una historia angustiosa. “Una vez a mi padre se le hizo de noche en el campo y una manada de lobos lo rodeó. Mientras él intentaba llegar al pueblo los lobos le seguían a distancia, pero se le iban cruzando en su camino, por delante y por detrás. Entonces sacó el chiscador (mechero de mecha y piedra) y a base de chispazos consiguió aventarlos y llegar a casa.”

Almaraz: bar Talavan
Seguimos hablando un ratito más hasta que mis tres compañeros pagaron sus consumiciones y se marcharon a comer. No había hecho falta rascar mucho para que aflorase la memoria del lobo. España seguía siendo, por lo menos hasta que muriese esa generación de supervivientes natos, un país de cultura oral. A nadie le extrañaba que llegase un forastero solicitando que le narrasen la historia del pueblo. Borrow lo hizo en una posada alrededor de un buen fuego y yo con una caña de cerveza en un bar.

Trabajando en un hotel en Londres, una huésped australiana que era musicóloga, al enterarse de que era español me contó cómo se comunicó una vez en mi país. Estaba en un pequeño pueblo de Navarra esperando un autobús. Sólo estaban ella y un viejo pastor. El hombre le hablaba en euskera y ella apenas sabía cuatro frases en castellano. Viendo él que no se entendían, sacó de su zurrón una pequeña flauta y se puso a tocar. Ella, que también llevaba una, sacó la suya y estuvieron tocando juntos hasta que llegó el autocar.

Salí del bar y a mi izquierda me fijé en que en la plaza había una Picota, quizá un elemento mucho más temible en un pueblo que un lobo. Sobre una base de cuatro escalones se erigía una columna de piedra del siglo XVI con remate en forma de aguja. Era gruesa y con cuatro brazos de piedra. Mediría unos siete metros.

Vicente Hernández, párroco de Almaraz, ha escrito un interesante libro sobre el pueblo: Almaraz, una villa con historia. En él incluye una descripción de la época en que se utilizaban esas construcciones:

“Los Rollos o Picotas era el lugar donde solían exhibirse las cabezas y los miembros de los ajusticiados y se exponía a los reos. A los ajusticiados se les solía dejar ahí después de haber sido azotados, estar al sol, untados de miel, porque los coman las moscas alguna hora al día”.

Así que los brazos de piedra que estaba observando habían servido para colgar los miembros de los ajusticiados, y lo siguió haciendo hasta la primera mitad del siglo XIX. No cabe descartar que Borrow en sus viajes las viese todavía activas. De hecho, cerca de Puente Castellana (él lo denominó Castellanos pero Peter lo había localizado en la N-VI, entre Lugo y Betanzos), vio las cabezas decapitadas de tres bandidos y su imagen se le quedó grabada. En una carta a sus superiores, con fecha del 20 de julio de 1837, lo describió así:

“Me he cruzado con tres cabezas horribles, clavadas en palos colocados en los márgenes de la carretera; eran las del jefe de unos bandidos (él les llama en italiano Banditti) y dos de sus hombres, que habían sido apresados y ejecutados unos dos meses antes. Solían merodear por los alrededores del puente que acabo de mencionar, y solían arrojar los cuerpos muertos de sus víctimas a las profundas aguas negras que corren veloces por debajo. Esas tres cabezas vivirán siempre en mi memoria, especialmente la del jefe, que estaba en un poste mayor que los otros dos; su larga cabellera ondeaba al viento; y las facciones, ennegrecidas y torcidas, hacían, bañadas del sol, una mueca burlona.”

En sus viajes por España Borrow estuvo obsesionado por la idea de morir de forma violenta a causa de la ferocidad de los hombres y las bestias que la poblaban. Le angustiaba la idea de que su cadáver quedase abandonado en un lugar deshabitado y se lo comiesen los lobos. Tras sortear las tropas carlistas en las inmediaciones de Santander, escribió una carta a sus superiores para relatarles el incidente y sus temores. Les contó que por poco muere y que su cuerpo a punto estuvo de quedar tirado en el camino “pasto de buitres y lobos”. En otra carta remitida antes de partir de Sevilla hacia Madrid comentó su preocupación por tener que cruzar Sierra Morena, donde: “Inevitablemente puedo ser atacado y quizá, si no asesinado, caer presa de los lobos”.

Tras hablar con el senatus de Almaraz me dispuse a contactar con la segunda fuente de información más fiable en un pueblo, algo que podríamos denominar como “el entusiasta de su localidad”. Entré en la Casa de cultura y allí estaba Juan Carlos, entregado como podía a su labor. El colegio ya había finalizado y la biblioteca ejercía ahora de improvisada guardería municipal. Estaba rodeado de niños revoltosos que gritaban y se peleaban justo fuera de la sala. Los que estaban dentro, mientras hacían cola esperando su turno de internet, hablaban y reían en voz alta. Otros abrían los armarios y sacaban películas en DVD para dejarlas después desordenadas. Aquello era más un jardín de infancia que un lugar de estudio. Juan Carlos los amenazaba sin éxito con expulsarlos, pero los pequeños tiranos sabían que traspiraba bondad por cada uno de sus poros. Le pregunté sobre los lobos y Juan Carlos me dijo que era demasiado joven, pero que seguro que su madre se acordaría. Sin dudarlo cogió el teléfono y le preguntó por el tema con total naturalidad. Al otro lado del aparato la buena señora le contó que no llegaban hasta el pueblo, pero que antiguamente, al ser zona de dehesa había muchas fincas con ganado y que allí sí que tuvieron verdaderos problemas. Le contó el caso sorprendente de una explotación, La Torrejón, que había sido colectivizada durante la Segunda República y que el pueblo logró mantenerla comunal hasta los años sesenta. Tenían muchas cabras y eran presa fácil de los lobos, entonces los vecinos afectados hacían periódicamente batidas.

Juan Carlos me aconsejó que hablase con Primitivo, uno de los hombres más viejos del pueblo. Lo llamó a su casa para avisarle de que iría un señor de Barcelona que estaba escribiendo un libro y quería hablar de lobos; y una vez le aclaramos que yo no quería venderle ningún libro, accedió encantado a charlar conmigo.

Primitivo me recibió en su humilde casa de la calle Cantarrana, junto a la iglesia. Era pequeña y modesta, de esas que entras y ya estás en la sala de estar. Para evitar que entrara el calor del exterior mantenían la estancia en penumbra, con las persianas bajadas y las ventanas cerradas, lo que creaba un ambiente íntimo. Estaba muy fresca gracias a sus gruesos muros y en la pequeña salita habían logrado encajar una mesa camilla -redonda para no perder espacio-, unos sofás, un mueble rinconera y un grandísimo televisor.

Primitivo tenía ochenta y seis años. Unos profundos surcos en su cara confluían en sus ojos saltones de mirada difusa, casi líquida. A su lado, en una mecedora, se abanicaba su esposa, una mujer de voz aguardentosa. El anciano me contó cómo una vez que se levantaron “demasiado temprano” -iban a segar retama para alimentar el fuego de un horno de cal que tenían-, los lobos no se habían marchado todavía. De hecho -seguía explicando Primitivo- la gente se afanaba en volver a casa al caer el sol. De chicos tenían prohibido alejarse mucho del pueblo, aunque él no recordaba ningún caso de ataques a niños. El pueblo estaba rodeado por los cuatro costados de fincas con ganado cercado o estabulado, así que por la noche los lobos bajaban, especialmente de los bosques de la cercana Sierra de Miravete. Los pastores tenían grandes mastines, a los que ponían collares de púas para que los lobos “no les gañotaran el pescueso” y Primitivo hizo un gesto muy gráfico al llevarse las dos manos al cuello. Otra forma de defenderse del lobo era poniéndoles cepos loberos, disimulados entre ramas y junto las zonas que sabían de paso. El animal, al pisarlo, éste “se emparejaba y no lo soltaba”, e hizo una sonora palmada. Recordaba que había gente que hacía batidas, para exhibir después por los pueblos sus cadáveres a lomos de una mula, pidiendo la voluntad por “limpiar” la zona.

Primitivo acababa su relato y a modo de resumen me dijo:

“Yo he visto lobos en vida y de largo, pero nunca entraron en el pueblo, aunque se arrimaban mucho”.
“¿Los oía aullar desde la cama?”, le pregunté yo.
“Si claro”, dijo.

Al igual que Primitivo, Borrow estuvo acompañado en su viaje por España por la presencia de los lobos. A veces no llegaba a verlos pero creía notar su presencia. A la salida de Manzanal, en León, casi cayó de su caballo y tuvo muchas dificultades para dominarlo. El pánico se había adueñado del animal y sospechó que debía haber olido un lobo que merodeaba.

Borrow sintió fascinación y respeto por los lobos. Quizá le sedujo la imagen de unos animales salvajes que vagaban en manada –como sus idolatrados gitanos- por los lugares más inaccesibles. En su libro Los Zincali utilizó una cita para juntar ambas figuras comparando a los gitanos con una manada de lobos ansiosos.
La impresión que saqué de mis conversaciones en Almaraz fue que, hasta no hacía mucho, lobos y humanos interpretaban un reparto de funciones que se remontaba a tiempos ancestrales, incluso antes de que tuviesen que idear una palabra para designar a aquellos animales. El día era de unos y la noche de los otros y ambos respetaban la norma. No fue el hostigamiento lo que rompió esta ley por la que se regían, fue un precio a pagar por el progreso.

Almaraz: peloriño
Para aquel momento del viaje había llevado conmigo un regalo de mi amiga María, El leopardo de las nieves, un libro de Peter Mattiessen. En su viaje por el Tíbet en busca del mítico felino citaba a su amigo naturalista George Schaller:
“El hombre cambia el mundo tan deprisa y de manera tan drástica que la mayoría de animales no puede adaptarse a la nueva situación. En el Himalaya, como en otros sitios, hay una gran mortandad y una mortandad infinitamente más triste que las extinciones del pleistoceno, porque ahora el hombre posee los conocimientos para impedirlo y necesita salvar los restos de su pasado”.

España no fue el único lugar ni el único libro en el que Borrow halló la huella del lobo. En su obra Wild Wales narró su viaje por Gales. Encontró en ella una región en la que el lobo estaba presente hasta en los nombres de las cosas y las gentes. Visitó el Castillo de Cidwm (la roca del lobo o el castillo del lobo en galés) y un anciano le contó que hasta no hacía mucho la zona había estado plagada de lobos. En el Castillo de Chirk vio en su puerta dos lobos forjados en hierro, origen del nombre de su dueño: Biddulp, que en idioma gótico significa lobo de batalla. Viajó también hasta Beth Gelert para visitar junto a un precipicio la tumba del famoso perro Gelert. La leyenda cuenta que su dueño, el Príncipe Llewelyn, salió en una expedición de caza dejando a su fiel perro a cargo de su hijo. Al regresar a casa encontró a Gelert completamente manchado de sangre y el niño había desaparecido. Llewelyn desató su ira contra el perro por habérselo comido y lo molió a palos. De repente oyó un ruido que procedía de unos matorrales y allí encontró a su hijo sano y salvo. Junto a él yacía un inmenso lobo muerto en medio de un charco de sangre. Su fiel perro Gelert había defendido al niño del ataque del lobo. El príncipe, desconsolado y agradecido, erigió en su honor una tumba que todavía hoy día se conserva.